Alberto Zambrano: una vida iluminando miradas y corazones
Con profunda tristeza, desde el otro extremo del Atlántico, a 10.000 kilómetros de Buenos Aires, desde Santiago de Compostela, en Galicia, tierra que Alberto Zambrano tantas veces visitó y disfrutó compartimos la triste noticia de su fallecimiento. Prestigioso oftalmólogo y ser humano excepcional, partió de este mundo mientras hacía una de las cosas que más amaba: pescar. Su partida, ligada a una de sus pasiones más grandes, refleja de alguna manera la esencia de su vida: una existencia vivida con dedicación, equilibrio, serenidad y profundo amor por aquello que hacía.
Escribo estas líneas en recuerdo del amigo y compañero que nos acaba de dejar y a quién apreciaba enormemente. Como escribió Miguel Hernández:
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.”
Cierro los ojos y a mi memoria vienen tantos momentos, tantos recuerdos, tantos lugares que visitamos juntos. Conocí a Alberto Zambrano gracias, a un gran amigo común, el oftalmólogo gallego Carlos Méndez que intercedió para que viniesen Alberto y su amigo de toda la vida Julio Manzitti, a dar unas conferencias a Santiago siendo yo presidente de la Sociedad Gallega de Oftalmología hace casi 22 años. Nada más conocerlo su vitalidad, su energía, su ingenio, su capacidad para hacer fácil lo difícil, su risa perpetua y su carcajada contagiosa me cautivaron desde el primer momento y desde ese instante nació una relación que se ha mantenido de alguna manera a lo largo de todos estos años a pesar de la distancia.
En esa reunión le sugerí que en Argentina debería existir una Sociedad de Retina como había en España, y con esa decisión que le caracterizaba me dijo “en cuanto vuelva la voy a armar”. Y así fue, el primer congreso para inaugurar la actividad científica de la Sociedad Argentina de Retina y Vítreo (SARyV) tuvo lugar el 4 de noviembre de 2005. Carlos Méndez y yo tuvimos la fortuna de ser testigos de ese 1º Simposio Internacional junto a otros invitados extranjeros como Verdaguer, Víctor González, Virgil Alfaro, Hugo Quiroz o Cunningham. Cuatro años más tarde, Alberto fue uno de nuestros invitados de honor junto a otros retinólogos de prestigio como Lawrence Yannuzzi, Susan Binder, Marco Zarbin en nuestro Congreso anual de la Sociedad Española de Retina y Vítreo (SERV) que yo presidía entonces, dejando su impronta, personalidad y buen hacer entre todos los asistentes. Al año siguiente firmamos un acuerdo de colaboración entre ambas sociedades científica y en base a este convenio, visitamos Argentina en varias ocasiones posteriormente, lo que habla de la enorme capacidad de trabajo y organización de Alberto y de toda la junta directiva de la SARyV.
Alberto Zambrano fue un referente en el ámbito de la oftalmología y concretamente de la retina durante más de cinco décadas. Su compromiso con la salud visual de sus pacientes trascendió siempre la práctica médica. Para él, cada consulta era una oportunidad para acompañar, enseñar y transmitir tranquilidad. Pacientes de varias generaciones confiaron en sus manos y en su mirada experta, y muchos de ellos lo recordarán no solo por devolverles claridad a sus ojos, sino también por la calidez con la que atendía a cada persona. Tenía el don de convertir una visita médica en un momento de conversación franca y humana, donde la ciencia y la empatía se entrelazaban de forma natural.
Pero más allá del médico brillante, sus amigos y compañeros recordamos al hombre sencillo que encontraba en la naturaleza un refugio y en la pesca una forma de meditación. Me lo imagino madrugando para llegar al río cuando el sol apenas rozaba el agua, disfrutando del silencio interrumpido solo por el murmullo de la corriente, y celebrando cada captura como quien recibe un pequeño regalo del mundo. Posiblemente para él, la pesca no fuese competencia ni trofeo, sino un ritual de conexión con la vida, un espacio para respirar hondo y recordar lo afortunado que era por estar allí. Y fue justamente allí, junto a sus amigos y junto al río que tantas veces lo vio sonreír, donde su vida encontró su final, quizás como él hubiese imaginado su partida.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo sabemos que su vida estuvo marcada por la generosidad y el humor. Siempre tenía una anécdota lista, un consejo sensato o una risa contagiosa que aligeraba cualquier conversación. En Alberto siempre encontrábamos un confidente leal y un anfitrión cálido. No había celebración en la que no aportara alegría, ni dificultad en la que no ofreciera apoyo sincero.
Alberto Zambrano hizo suyas las palabras del filósofo español Fernando Savater: “Coraje para vivir, generosidad para convivir, prudencia para sobrevivir” y, sin duda nos dio ejemplo de ello a lo largo de su vida. Nos ha dejado un legado que nunca olvidaremos. Su recuerdo permanecerá entre nosotros y, como decía Isabel Allende “La muerte no existe, solo se muere cuando te olvidan. Si puedes recordarme siempre estaré contigo”. Y cuando llegue el Día de Muertos celebrado tan intensamente por lo mexicanos, cada año levantaremos un altar para que su imagen, no solo su recuerdo, permanezca siempre entre nosotros como una llama que el tiempo no puede apagar.
Querido Alberto, descansa en paz.
Catedrático de Oftalmología
Director Médico de Miranza Instituto Gómez-Ulla
Académico Numerario del sillón de Oftalmología de la RAMG. Instituto de España.