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MO 2021.01: "Hugo Dionisio Nano: al maestro con cariño"

 
La desaparición física del prof. doctor Hugo Dionisio Nano el 8 de diciembre de 2020 sobrecogió a toda la comunidad oftalmológica argentina que lo despidió con un reconocimiento unánime a su calidez, su profesionalismo, su constante aporte al desarrollo de la especialidad, su lucha contra la ceguera y su vocación de servicio, junto a su capacidad para enseñar e inculcar valores humanos y científicos en cada una de las personas que tuvo la oportunidad de formarse o trabajar con él. 
 
Esta nota se publicó originalmente en la Revista Médico Oftalmólogo (MO), órgano de difusión del Consejo Argentino de Oftalmología, del mes de marzo de 2021. Si desea acceder a la revista completa, en formato digital, por favor ingrese en este enlace.
 
"Probablemente yo resulté una mezcla de mi padre y mi madre. De papá saqué mi espíritu gregario, esa necesidad de ayudar a la gente y darle siempre lo que se pudiera. También mi gusto por la cocina y los buenos vinos fueron aficiones compartidas. De mamá, heredé su pasión por el trabajo y su dedicación a todo lo que hacía. ¿Por qué elegí la oftalmología? Porque es una especialidad muy completa, con  una parte clínica (la del examen del enfermo) y una parte quirúrgica. Y, además, era un amor que me habían enseñado desde la niñez". Se presentaba Hugo en su libro “A través de mis ojos”, que hoy nos permite repasar parte de su historia personal y profesional a través de sus pensamientos.  
 
 
Hugo Nano nació el 15 de diciembre de 1928 en Capital Federal, pero vivió mayormente en el partido de San Miguel, puntualmente en la ciudad de Bella Vista, “un lugar de muchas quintas y calles de tierra”, según él mismo la recordaba. Allí, su padre Lorenzo tuvo tres farmacias y fue precisamente en este ámbito donde Hugo alimentó su sueño: Resulta difícil saber cómo surge una vocación, ya que las causas son múltiples y es difícil, sino imposible, determinar cuál fue la decisiva. Pero  “hasta  la  tierra  llama”,  por  eso  en  Mendoza  surgen  los enólogos y en San Juan los ingenieros de minas. Y yo sabía que tenía una vocación de servicio, donde uno tiene que dar, y dando recibe, y sentir que cuanto más uno da más va a recibir. Tal vez el hecho de que cuando estudiaba y me quería tomar un respiro iba a atender el mostrador, donde venían los pacientes con recetas médicas, influyó en mi decisión.
 
Así, luego de graduarse de Bachiller en el Liceo Militar Gral. San Martín -condecorado con la Orden al Mérito-, ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Mi  fuerte  eran  las  materias  de  salud  pública,  aquellas  donde  la  eficiencia dependía más del desempeño humano que de los instrumentos. Las materias como radiología, en las que la tecnología jugaba el papel más importante, las sentía como una necesidad más que como pasos importantes en mi carrera. (…) Y así, haciendo de todo un poco, sin desaprovechar nada de lo que la vida me ofrecía, me recibí de médico. A los 23 años. Había finalizado una etapa. Ya recibido sabía perfectamente en qué quería especializarme. Más que eso, a veces parecía que la medicina solo era un paso más en mi camino a la oftalmología.
 
 
Inició su especialización en el Hospital Salaberry junto a su primo, el oftalmólogo Héctor Nano y un equipo que, según describía, tenía algo en común: El espíritu era siempre superarse y estar atentos a cualquier avance que se hiciera en el mundo. Hoy no sorprende tanto porque las distancias prácticamente no existen. Entre los medios de locomoción y los de comunicación (especialmente a través de Internet), las barreras se han eliminado y realmente la tan nombrada globalización permite el acceso inmediato a nuevas tecnologías y desarrollos con gran facilidad. En esa época era un trabajo casi detectivesco e insumía un gran esfuerzo. Pero este espíritu del que hablo era más fuerte que las distancias y los problemas.
 
Fue ese mismo ánimo de superación el que lo llevó en 1959 a trasladarse a Estados Unidos donde permaneció durante 4 años trabajando primero como fellow, y luego como asistente en la Universidad de Cornell  junto al Dr. Harvey Lincoff en la investigación y desarrollo de la aplicación de la criocoagulación en el desprendimiento de retina. Juntos crearon la aguja espatulada de gran aporte en la colocación de implantes. Aprovechó también su estadía en el país de Norte para estudiar el sistema de residencias local que, años más tarde, implementaría en la Argentina. 
 
Ya de regreso en el país, encaró un nuevo proyecto: instalar una clínica oftalmológica. La necesidad de trabajar en grupo y no como el médico clásico que trabajaba solitario en su consultorio era ya un tema para mi desde que estudiaba, y en ese momento sentí la oportunidad de hacer realidad el sueño. 
 
 
Con mucho esfuerzo, inauguró en 1973 el edificio en San Miguel, al que luego le seguirían dos sedes más. En estos años de trabajo, la familia entera en forma armónica acompañó  este   sueño. Hugo   Daniel,   mi   hijo   varón,   fue oftalmólogo.  Adriana  estudió  arquitectura  y  María  Eugenia antropología. Si bien “las chicas” parecían haberse alejado profesionalmente, lo único que hicieron fue completar, cada una desde su ángulo, este proyecto. Era como si la idea de trabajar en equipo se hubiera pasado a la familia. Esa familia en quien tanto me apoyé siempre.
 
Precisamente junto a María Eugenia, el doctor Hugo Nano crea en 1992 la Fundación Oftalmológica, con el objetivo de canalizar las acciones que ya venían realizando de manera disgregada para ayudar a los no videntes en su rehabilitación y reinserción social. 
 
 
El espacio fue creciendo y consolidándose a través de la Escuela de Rehabilitación para ciegos y disminuidos visuales, y el fomento de distintas actividades culturales y deportivas para dar lugar a la expresión e integración de sus alumnos siempre bajo la premisa que defendía su creador: La verdadera rehabilitación no  pasa  sólo  por  la  restitución  de  la capacidad laboral y de autosuficiencia, pasa por la filosofía de devolverles la alegría y la confianza en la comunicación con los demás.

Mi “batalla” personal

Así definía Nano su constante prédica a favor de la donación de órganos que lo llevó incluso a crear en 1979 el Banco de Ojos de San Miguel, junto a sus colegas Fernando  Ferraro  y  Eduardo  Soraides. Esta entidad años más tarde pasó a depender del Estado provincial. La donación de un órgano es un acto de solidaridad, podríamos decir que extremo. Se está dando algo de sí. Cuando las personas comprendan el enorme bien que pueden hacer va a ser el momento que pierdan su miedo, se atrevan a dar y decidan seguir iluminando una vida.
 
Esa misma generosidad fue la que guio al doctor Hugo Nano en la formación de todos esos discípulos que lo recordarán por siempre como el gran maestro porque, como él mismo afirmaba, de nada serviría todo lo hecho si fuera tan efímero que perdurara solo el tiempo de quienes lo empezamos. 
 
 
Cuando los médicos ingresan a la Facultad se les enseña con mucho entusiasmo cómo detectar las enfermedades, cómo funcionan los órganos y lograr así que la causa desaparezca. Hoy en día sabemos que no solo hay que tratar las enfermedades, sino a los enfermos. Y que el enfermo es un ser humano que necesita de nuestra atención, y que, si por una de esas cosas que pueden ocurrir, y que sabemos que ocurren, la curación no se realiza es necesario ayudarlo. Uno en la vida y con el trabajo va aprendiendo, y se los digo a mis discípulos: si no podemos recuperar la función, debemos recuperar el ser humano. Nunca debemos pensar que para un enfermo no hay nada que hacer, aunque tenga muy poca visión o esta haya desaparecido.

Palabras de despedida de la Lic. María Eugenia Nano

“Siempre lo vi trabajando. Nací y crecí en la oftalmología,  siempre hablaba de oftalmología. Fue exitoso y feliz mejorando la visión de miles y con la certeza de que si el diagnostico era ceguera, el tratamiento era rehabilitación. Él decía que no atendía ojos enfermos, sino personas con ojos enfermos y que la ceguera es parte de la oftalmología. Nunca me pareció una genialidad esa frase, era muy lógica. Con el tiempo vi la grandeza de esas palabras. Él quería hacer algo con los ciegos porque decía: no se ve con los ojos, sino con el cerebro.
 
Y murió a los 91 años, él hubiera querido más, nunca se aburrió. Su velorio se hizo en el Salón Dorado de la municipalidad de su pueblo por pedido del intendente, en el velorio aparecieron los bomberos voluntarios pidiendo permiso para hacer la guardia de honor. Resultó que, alguna vez, había sido nombrado bombero honorario por su ayuda constante al cuartel, por lo que ellos, con cascos y hachas, acompañaron su féretro hasta la vereda de la clínica. Ahí estaban los médicos, con corbata y guardapolvo como él, los empleados de la clínica, vecinos, autoridades y un montón de ciegos de la Fundación. Con la bandera de su plaza a media asta sonaron las campanas de la catedral y un cura villero -que tantas veces nos acompañó en la Fundación- habló de él. Hubo discursos y mucha emoción: todos lloraron pese a que tenía 91 y había hecho tanto. Lloraron porque él quería seguir, y todos querían que siga, porque valía la pena.
 
Un último recuerdo: cuando el coche ya se iba con sus restos, dos ciegos pidieron ser guiados para poder tocar el ataúd. Y ahí lloraron, despacio, con tristeza y todos los vimos y nadie entendía cómo eso podía suceder. Estos dos ciegos lloraban a un oftalmólogo que no había podido con su ceguera. Era muy contradictorio. Sin embargo, para mí fue tan claro que, por primera vez, en muchas horas, pude sonreír”.

Palabras de despedida de la Dra. Clelia Crespo Nano

“Mi abuelo era una persona que permanentemente tenía que estar haciendo algo, y, a su vez, pensando qué  iba a hacer en el instante siguiente, porque así como le gustaba empezar las cosas, necesitaba terminarlas. Llegaba a un punto en que no importaba si no era tan perfecto, pero había que terminar. Tenía una capacidad de trabajo increíble, un poder de tener muchas cosas, ideas y personas en la cabeza al mismo tiempo que si te había pedido que hicieras algo, no había forma de que se olvidara de pedírtelo.
 
Era muy empático con las personas, siempre les preguntaba a qué se dedicaban, qué hacían sus hijos. Le encantaba adivinar el lugar de procedencia y a qué se dedicaban los pacientes: en un 80% de los casos lo lograba. Siempre que venía un paciente, terminaba atendiendo a su acompañante o familiar.
 
Una vez, una mamá trajo a su hijo discapacitado diciendo que su actitud visual había cambiado. El chico tenía dificultades para comunicarse, era difícil tomarle la visión y evaluarlo. Tenía antecedente de desprendimiento de retina hace muchos años en un ojo, y su mamá insistía que del otro no veía bien. Efectivamente tenía de este ojo un desprendimiento de retina, del cual no sabíamos el tiempo de evolución, si tenía o no sentido operarlo y demás. Insistió para que se opere, estaba seguro de que mejoraría. Tenía un instinto para eso... y así fue: cuando le sacamos el parche al día siguiente el chico vio la cara de su mamá y cambió su actitud inmediatamente. Todos lloramos. No podría parar de contar las miles y miles de anécdotas que tengo con él, y el inmenso aprendizaje que cada una de ellas me dejaron, agradecida de que haya sido una persona tan importante en mi vida”.

Palabras de despedida del Dr. Andrés I. Bastien  

“Si bien la retrospectiva de tantas acciones es admirable, es posible que la diferencia esté en el modo de trabajar por el acceso a la salud visual y rehabilitación de tantos argentinos y argentinas. Un modo que enseña e invita a seguir sus premisas simples y claras, que a lo largo de sus 91 años han mejorado la vida de tantas personas anónimas, pero no por eso menos reales.
 
En el año 1994, sus discípulos creamos el COA (Club Oftalmológico Argentino) con el fin de seguir manteniendo la unión y amistad junto con intercambio científico; formando colegas de toda la Argentina. Su herencia estará siempre presente en sus discípulos: en su hijo Hugo Daniel, sus nietos Pilar, Hugo Diego y Clelia, todos oftalmólogos. También en María Eugenia, quien es hoy administradora de las tres clínicas. 
 
Más allá de todos sus logros, el doctor Nano fue un visionario y entusiasta. Inteligente, hiperquinético y con enormes ganas de aprender y enseñar. Estimuló a sus discípulos a subespecializarse, diciéndonos siempre que era la mejor manera de destacarnos y estar actualizados. Siempre nos hablaba de la importancia del respeto al paciente y a su familia, dejándonos bien en claro que es tan importante acompañar como curar y que el paciente “no es un ojo, sino una persona enferma”. Una de sus frases preferidas era “prevenir cuesta 1, tratar cuesta 10, rehabilitar cuesta 100”, es por eso que hacía hincapié en la prevención como algo primordial.
 
Luego de tantos años, muchas son las vivencias y anécdotas compartidas al lado de nuestro maestro y es por esto que, en representación de tantos colegas por él formados, me atrevo a decir que en nuestra mente, corazón y alma siempre estará presente. Por siempre gracias, querido Dr. Nano”.

Palabras de despedida del Dr. Omar López Mato

“Era un volcán en ebullición y uno no olvida a un volcán. Conocí a Hugo Nano en 1980 cuando en el Aula Magna de la Facultad de Medicina disertó sobre lentes intraoculares, un tema controvertido para ese entonces. Comenzó su charla con una diapositiva del Spitfire y la famosa historia de los fragmentos de PMMA que dieron comienzo a la épica del Dr. Harold Ridley.
 
Inquieto y vivaz, Hugo era una erupción de ideas, una constante búsqueda de desafíos y nuevos caminos, dentro de una especialidad que crecía vertiginosamente. Pero, a su vez, como decía Terencio, nada de lo humano le era ajeno. Buceaba incesantemente en las propuestas de un mundo que cambiaba a cada instante. En un momento, en su clínica de San Miguel contaba con tantas computadoras como las que tenían un banco o una multinacional: una Proeza, una de las muchas que logró en su larga y fecunda existencia. Luchador incansable, dio lo mejor de sí combatiendo la ceguera, no solo en el quirófano y en el consultorio, sino en la escuela, en la calle  y hasta en el deporte.
 
Emprendedor nato, hizo de su nombre -ya de por sí prestigioso-, una empresa pujante y ejemplo de organización.
 
Baquiano de las ideas, amante de las controversias, hacedor de sueños, el Dr. Hugo Dionisio Nano trató de hacer de este mundo uno mejor y, en esa tarea, dejó su impronta indeleble.  Ahora el volcán ha callado y sus cenizas descansan en paz.
 
Hugo, te vamos a extrañar. 
 
Esta nota se publicó originalmente en la Revista Médico Oftalmólogo (MO), órgano de difusión del Consejo Argentino de Oftalmología, del mes de marzo de 2021. Si desea acceder a la revista completa, en formato digital, por favor ingrese en este enlace.
 

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